Times impeccable
Escribo esto mientras el sol ilumina la habitación. Es un precioso y tibio sol de invierno. La estancia se encuentra apartada del edificio principal por un extenso prado salpicado de encinas. Dentro una de las paredes se encuentra recubierta de enormes espejos que la cubren por completo. El suelo está formado por amplias colchonetas iguales a las que encontramos en los gimnasios de artes marciales. En la pared opuesta de un color crema inmaculado se dispone a media altura una barra de ejercicios de ballet. La decoración es espartana, casi fen sui, en el lector de cd´s suena un piano, probablemente Chopin. La habitación dispone de un enorme ventanal sin fronteras orientado al sur. Un manto verde se pierde hasta donde la vista alcanza. Se escucha en la lejanía el alboroto de algunos niños que juegan en un montón de arena debajo de un enorme y viejo roble. Un perro ladra. Canta un gallo. El batir de las alas de un bando de torcaces. El viento silba entre las juntas de los ventanales ,luego nada, silencio , silencio roto tan solo por el movimiento de las ramas de los altísimos pinos que detrás guardan la espalda de la pequeña caseta. Me encuentro sentado en el suelo, tecleando en mi portátil que he colocado encima de un escabel que sirve para atarse las zapatillas de baile a las moradoras habituales de este espacio. He buscado la ráfaga de sol que me caldeé mientras escribo.
Aquí estoy en medio de la paz.
Llevo viniendo un lustro a "The Oriel", siempre por estas fechas a caballo entre el final de un año y el principio de otro. Cuatro días lejos de toda influencia externa, sin cobertura, sin internet, sin periódicos, sin noticias, perdido en medio de la nada de los páramos, aquí encuentro la energía para aprovisionarme por lo menos hasta primavera.
Una docena de adultos y una docena de niños y niñas que se ven de año en año. Las niñas (las más) y el niño juegan todo el días sin casi intervención de los mayores, se separan como mucho cien metros de la casa principal para ir a ver a los pavos, dar de comer al burro o acariciar a los caballos, mientras tanto se disfrazan y las mejillas toman el color rosáceo y sano del frío de la meseta. Aceptan de buen grado los trabajos de los mayores como ir a buscar huevos al gallinero o acarrear gavillas de leña menuda para el lar que arde continuamente en una de las cocinillas camperas del exterior, donde sin prisa algunos hombres y mujeres descorchan vinos de alta calidad que son consumidos entre bromas y filosofías, se trata de mis amigos cercanos y fieles. Nadie de los presentes cumplirá ya los cuarenta. Saben de la vida y de sus avatares. Se dejan abandonar por los placeres de la buena mesa y flirtean como adolescentes aspirando el aliento ligeramente alcohólico que al besarse surge de la comisura de los labios cálidos de sus parejas. Las mujeres son bellas e inteligentes, los hombres cumplen con el paradigma de las tres "efes"-a saber-feos, fuerte y formal, y portan el estandarte prohibido de una virilidad masculina real. Las mujeres se dejan alardear por sus parejas y no evitan la mano trémula que las palpa de vez en cuando más allá de las prohibiciones sociales. Todo está en orden natural. Ellos y ellas saben que pasados estos días tendrán que volver a sus vidas, allá en las ciudades, vidas de trabajo y eficiencia, de sopores angustiosos derivados de la exigua circunstancia social que se palpa en el ambiente, pero eso será luego. Ahora es ahora. El hoy todavía dispone de seis horas antes de un nuevo día.
Anoche se vistieron de etiqueta ante la enorme mesa de madera maciza que ocupa una gran parte de el salón principal, presidida por una chimenea donde arden grandes troncos de encina, de fondo suena Bing Crosby y Frank Sinatra. Las paredes están atestadas de trofeos de caza en cuyas metopas se pierde la geografía montera de las Españas más lejanas y ocultas. Cazado en Gredos, cazado en el Valle de Alcudia, plata de Cazorla 1999.-etc.
La cena es maravillosa y terminada esta las parejas se dejan mecer en la penumbra del salón interminable bailando lentamente canciones y temas de hace cincuenta años .Afuera ha empezado a llover, los martinis y gin-tonics están en su punto preciso.
Recibo el nuevo año como siempre. Mi amante se desliza bella y sensual entre las sábanas que huelen a tomillo y romero. Se duerme plácidamente entre mis brazos mientras un espontáneo viento mueve las persianas de madera. Aspiro el olor de su cuerpo y la textura de su pelo. Es una mujer magnífica. Me duermo con la certeza de que soy un hombre muy afortunado.
Mañana daré mi primer paseo a caballo del año muy temprano y veré volar a las avefrías y alguna que otra avutarda que se asusta a mi paso entre el monte y el barbecho, bajo una fina capa de llovizna.
Son los momentos perfectos.


